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Publicado el 20 - 11 - 2005 en Levante - EMV
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Guerra dura, guerra blanda

Pura Duart

Profesora de Sociología. Universitat de València

“... las mujeres son como las leyes, fueron hechas para ser violadas...” (Uno de los personajes de Roberto Bolaño)

La Comunidad Valenciana, esa que hoy se proyecta al exterior como enseña de la modernidad (qué cosas dicen algunos), lidera la clasificación española de mujeres asesinadas durante lo que va de año. También ocupa un lugar destacado entre las comunidades donde las mujeres son peor retribuidas.

Si, como se dice en la cita que encabeza este artículo, un hombre cualquiera puede sostener que la violación es la forma deseable de relación contra una mujer es porque existe una gran violencia previa. En las democracias realmente existentes tod@s somos iguales, pero unos son más iguales que otras. En una sociedad desigual, unos son educados para mandar y otras para obedecer. La doma para quienes han de escribir (y transgredir) las leyes, la domesticación para quienes sólo deben leerlas, nunca preguntarse si son o no justas.

Todas las guerras cotidianas que las mujeres padecen pueden agruparse en dos tipos. Las de, digamos, baja intensidad son el sustento de las de mayor voltaje. Hay que advertir, sin embargo, que la capacidad destructiva de ciertos procesos opacos y de algunos efectos colaterales es mucho mayor que la de muchos conflictos declarados, y más eficaz como procedimiento disciplinario. La amenaza es anterior en el tiempo, y condición, de la muerte o el daño. La muerte como amenaza es la moneda del poder, dice Canetti. Es la forma más económica de regular los intercambios: cuanto mayor es la desigualdad, mayor la amenaza.

Para que las mujeres puedan ser objeto de agresiones se combinan una historia y unas instituciones que las deprecian. Las ofensas pasadas son actualizadas cada día por las relaciones informales y formales. Los atavismos, repetidos según alguna costumbre, y el entramado institucional normalizan la situación. Nos enseña el análisis de Arendt acerca de la maldad encarnada por el nazismo, que precisamente lo más difícil de explicar es su banalidad, su proximidad. Aquello que acabamos por considerar normal, lo obvio, es lo que exige mayor agudeza para ser captado. El mayor mal está compuesto de montones de actos insignificantes realizados por las personas menos monstruosas. Y alrededor de cualquier gran mal, un inmenso silencio, el silencio que rodea la norma.

Una de las instituciones que más contribuye a violentar a las mujeres, por su capacidad para devaluarlas, es el contrato laboral. Los trabajos que hacen las mujeres, porque los hacen mujeres, son peor pagados que los hechos por hombres. La aceleración de los movimientos de capitales y empresas, en busca del lucro sin fronteras, está intensificando la aparición de territorios límite, pasos entre el mundo rico y el mundo pobre, donde las mujeres son degradadas y destruidas. Algunos de estos infiernos entre mundos son bien visibles, como el muro de espino entre EEUU y México. Poblaciones laberinto alrededor de recién instaladas industrias (muy tecnológicas, eso sí), las llamadas maquilas, en las que se producen artefactos para consumidores sofisticados. En estas barriadas, como en muchas periferias interiores de las grandes ciudades del primero al último mundos, se encuentran a la vez los índices de desempleo más bajos y los mayores flujos de trabajadores inmigrantes; el dinero y la mayor pobreza; el crecimiento demográfico y la voraz promoción urbanística. En estos no-lugares las mujeres y las niñas son muertas o desaparecen sigilosamente. Las jóvenes que llenan las fábricas deslocalizadas reúnen dos condiciones que las convierten en perfectas, es decir baratas, víctimas: son mujeres y son obreras.

Las nuevas cercas y vallados para contener pobres no sólo se instalan en países remotos. La progresiva “maquilizacion” de las marroquíes crece en proporción a la inversión en alambradas con las que obturar las rendijas por donde se cuela la pobreza africana. Los bajos salarios de estas mujeres permiten al norte enriquecido invertir en la mejora de sus máquinas y seguir destruyendo empleos de calidad, cuyo vacío pueda ser colmado por otros más precarios y fáciles de sustituir.

Y estas exclusiones se reproducen dentro de nuestras satisfechas sociedades. La mayor parte de las tareas devaluadas las hacen mujeres, muchas de ellas importadas. En las ciudades del mundo rico la llamada ‘brecha salarial’, la diferencia entre el pago percibido por hombres y mujeres, se refuerza. En España las trabajadoras cobran entre un veinte y un cincuenta por ciento menos que los trabajadores.

Las trampas hechas con palabras son las relaciones informales que mejor recrean, ocultándola, la guerra abierta. Como todos esos pequeños, pero repetidos y ritualizados hábitos, populares e íntimos, que recuerdan a las mujeres cuál es su lugar. De todos ellos, el humor es uno de los más persistentes. Los chistes machistas, como en su momento los antisemitas, son parte del caldo en que se cultiva el desprecio con silenciador que legitima la destrucción de los otros.

Algunos dirán que las malpagadas carecen de la formación adecuada, otros dirán que muchas de las que mueren a manos de sus parejas son emigrantes. Un chiste más. Y se quedarán tan tranquilos.

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