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Publicado el 29 - 7 - 2007 en Levante - EMV
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Colapso global y mundo rural

Ricardo Almenar

Biólogo y consultor en Desarrollo Sostenible

“En estos años iniciales del siglo XXI se viene produciendo una notable coincidencia de diversas fuentes en torno a un mismo mensaje: la civilización industrial ha entrado en una fase de extralimitación, en la que los límites naturales al crecimiento han sido ya traspasados. La frontera representada por dichos límites ya no nos espera en el futuro, sino que forma parte de nuestro pasado”.
Ernest Garcia: El cambio social más allá de los límites al crecimiento (2005).

Supongamos que el actual proceso expansivo de la actividad económica, el comercio internacional, los transportes de todo tipo y los flujos de información, proceso que conocemos con el vago término de globalización, se interrumpa. Supongamos también que los grandes bloques económicos como la Unión Europea se atascan, pierden fuelle e involucionan. Sigamos suponiendo que los viejos estados resultan ya incapaces de recuperar su viejo protagonismo en una crisis mundial y continental como la expuesta. ¿Cuál sería el papel que le correspondería adquirir al territorio rural europeo –y más concretamente, al mediterráneo- en semejante coyuntura? Desde el mundo rural de hoy, ¿podemos hacer algo para afrontar ese futurible en las mejores condiciones posibles?

Este ha sido el punto de partida de una jornada celebrada recientemente en la localidad valenciana de Sinarcas. Llevaba por título El futuro del mundo rural en un escenario de colapso global, siendo la primera vez que dicha temática era tratada desde la Comunidad Valenciana. A lo largo del encuentro, más de cuarenta participantes procedentes de ámbitos muy diversos –ingenieros, economistas, biólogos, psicólogos, educadores o juristas, además de empresarios rurales, cargos electos, agricultores y ecologistas- pero todos vinculados en mayor o en menor medida al mundo rural, debatimos larga y tendidamente en torno a la misma. No extrañará que, en coherencia con lo novedoso de la propuesta, no existiera programa o guión previo. Tampoco debería sorprender que el debate estuviera organizado por el Ayuntamiento de Sinarcas, sin ningún género de dudas uno de los consistorios rurales más inquietos e innovadores de la Comunidad Valenciana.

Con la asunción explícita de un escenario de colapso global, los promotores del encuentro de Sinarcas no estábamos pregonando que semejante colapso tenga forzosamente que producirse. No. Lo único que queríamos resaltar es que la posibilidad de un futurible de tales características se ha vuelto en los últimos tiempos lo suficientemente verosímil como para ser tenido en cuenta –y muy en cuenta- en toda exploración y análisis del futuro. Y también, por supuesto, del futuro rural.

La palabra “colapso” puede atemorizar o repeler, cuando no convertirse en fácil blanco de todos aquellos que califican de jeremíaca cualquier otra visión de futuro distinta a la extrapolación acelerada del presente. En realidad, el colapso como futurible abarca un amplio territorio cuyos límites son, por un lado, la decadencia, y por otro, la hecatombe. Se extiende, consecuentemente, entre el lento pero continuado declive y el estallido catastrófico, no siendo ninguna de estas cosas: es demasiado rápido y profundo como para calificarse de simple decadencia y aunque pueda ser altamente traumático no llega a adquirir tintes apocalípticos. Se asemeja a un globo que se desinfla rápida, incluso ruidosamente, frente a otro que pierde aire tan lentamente que apenas resulta perceptible su progresiva pérdida de tamaño o a un tercero que sencillamente estalla.

Todo colapso conduce a una radical reorganización de las sociedades humanas en que tiene lugar. Un colapso global provocado por la extralimitación de la civilización industrial, más allá de los niveles sostenibles de población, prolongaciones exosomáticas y actividad económica, llevaría aparejado un movimiento pendular de lo global a lo local. Resulta evidente que, caso de darse ese movimiento pendular, las comunidades rurales –que hoy poseen una gran parte si no la mayoría del territorio- adquirirían una nueva preeminencia y un renovado protagonismo. Pasarían en términos coloquiales, de aletargada cola de león a activa cabeza de ratón. Porque en un mundo de energía encarecida, de transporte disminuido, de imperios militares declinantes, de redes de intereses económicos que se deshilachan y de instituciones nacionales y supranacionales que se tambalean, cuando no sencillamente se derrumban, el territorio vuelve a convertirse –igual que en otras épocas- en El Recurso, con mayúsculas. Y en este tan diferente estado de cosas las áreas rurales dispondrían de una ventaja comparativa frente a las urbanas, consecuencia directa de su menor población y su mayor extensión territorial.

Digamos, para finalizar y como enseñanza práctica, que la mera consideración de la posibilidad de un colapso global en algún momento del siglo XXI, abre nuevas perspectivas en el análisis de la situación presente y evolución futura del mundo rural europeo, en un entorno donde la Política Agraria Comunitaria aparece como un modelo enteramente agotado. Por ejemplo, a la hora de encarar el viejo debate proteccionismo-antiproteccionismo; desde la aceptación de un posible colapso, no sería el sostenimiento de la producción actual agraria sino el mantenimiento de su productividad –esto es, su capacidad de producción futura- lo que habría hoy que proteger, reglamentar y subvencionar. O en relación al recurrente problema de cómo frenar el proceso de envejecimiento y despoblación de tantos núcleos rurales; la eventualidad de un colapso global refuerza la necesidad, que por otros muchos motivos tenemos, de unos municipios rurales demográficamente vivos, económicamente sólidos e institucionalmente fuertes a la hora de afrontar el futuro.

[Este artículo está dedicado a Rubén Solaz, destacado participante de la jornada de Sinarcas, cuya vida finalizó solo dos días después, a los 39 años de edad. In memoriam.]

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