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Publicat el 16 - 10 - 2005 a Levante - EMV
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Los límites de la riqueza valenciana

Emèrit Bono

Emèrit Bono

Catedràtic de Política Econòmica

“La ecología y la economía están entrelazándose cada vez más –local, regional y mundialmente- en una red sin costuras de causas y efectos”. Informe Brundtland, 1987.

Los valencianos, ¿vivimos en la mejor tierra del mundo “mundial”? ¿Somos tan creativos, ingeniosos como los recientes “fastos” alrededor de la fiesta del 9 de octubre (inauguración del Palau de les Arts Reina Sofía) darían a entender? ¡Cuidado! No nos precipitemos. Digamos que somos bastante ingeniosos y que tenemos un nivel de vida aceptable -con bolsas de pobreza en las ciudades-, pero una economía con un futuro incierto.

La economía valenciana crece alrededor de la tasa media de la economía española, con escasas oscilaciones. Así, según los datos de la Contabilidad Nacional, la tasa de crecimiento del Producto Interior Bruto real (PIB), durante el período 1995-2004, fue para España de 3,3% y del 3,6% para la CV. Para el mismo período, la tasa media anual de crecimiento del PIB nominal per cápita fue de un 6,4% para España y un 6,3% para la CV.

Si entramos en una radiografía más precisa para detectar los sectores económicos más relevantes en la última década, no parece haber dudas en que la construcción y el turismo constituyen las fuerzas hegemónicas de aquel proceso, pues suponen en conjunto algo más del 23% del PIB. Veámoslo.

El primero ha sido el que más ha crecido en los últimos diez años. Si dicha economía exhibe un comportamiento en sus magnitudes económicas coincidente con la media española, no es el caso de la construcción. En efecto, la tasa de crecimiento del valor de la producción bruta (VAB) de este sector para el período 1996-2003 ha crecido de dos a tres puntos por encima de la media española. El consumo aparente de cemento casi se ha doblado en siete años, pasando de 271 miles de Tm. en 1997 a 539 miles de Tm. en 2003, lo que también ha generado la más que duplicación del número de viviendas visadas en el mencionado período (de 3.948 viviendas en 1997 a 8.832 en el año 2003).

Reforzando aquel proceso, las modificaciones experimentadas en los últimos años en la legislación del suelo, tanto estatal como autonómica, tienden a no dejar categoría alguna diferenciadora entre lo urbanizable y protegido. Y en esta línea de relajación urbanística, la Comunidad Valenciana tiene 120 millones de m2 de suelo rústico con planes de convertirse en urbano –algunos sitúan esta cifra en casi 500 millones de m2, habida cuenta de los más de 220 Planes de Actuación Integrada por aprobar-, estando dicho suelo tanto en el litoral como en el interior de la CV.

La dinámica constructora se apoya en un consumo imparable de espacio y recursos naturales, lo cual genera algunos problemas de calado: el apoyarse en el consumo de espacio comporta deseconomía por la concentración en determinadas zonas –el litoral-, así como por su impacto ambiental (desecación sistemática de zonas húmedas de la CV, reducción de zonas húmedas protegidas, como no hace mucho ha sucedido con la decisión de urbanizar 5 ha de zona de protección de la Albufera, decidida por el Conseller R. Blasco que pasa por ser un “gran conservacionista”).

Sin embargo, la construcción tiene un futuro limitado por varias razones. Porque el “espacio”, la materia prima de este sector, es finito y hay un momento que termina. Por otro lado, la capacidad generadora de valor añadido de este sector es baja, comparado con los sectores industriales, las nuevas formas de organización de los servicios (intangibles) y de las instituciones (aspecto este último poco desarrollado). Precisamente la característica más notable de las economías modernas desarrolladas la constituye el alto valor añadido de su calidad productiva ¡Qué lejos está la economía valenciana de este modelo por su opción por la economía de ladrillo!

Si repasamos el fenómeno del turismo, llaman la atención determinados ítems. Mientras el mercado turístico europeo ha ido madurando, millones de turistas con una motivación bastante sencilla y una demanda muy limitada de actividades (sol y playa) han encontrado en la CV experiencias muy satisfactorias, lográndose una posición nacional e internacional de privilegio. Son más de 5 millones de turistas extranjeros los que nos visitan. Además, una proporción muy alta de visitantes regulares, sobre todo españoles y valencianos, dispone de una segunda residencia lo que, si bien reduce el gasto medio diario (frente al turismo alojado de hoteles), lo asegura en el tiempo mucho más. Por ello, el efecto económico total en la estructura productiva y empleo en la CV es mucho más profundo y estable que en regiones españolas más dependientes del turismo hotelero (Baleares y Canarias). La opción residencial se suma a la demanda de sol y playa poco exigente pero, eso sí, acompañada de gran inversión pública y privada en procesos de urbanización/infraestructuras, con lo que la máquina turística/inmobiliaria actúa de motor para toda la economía regional.

Sin embargo, el turismo ha de mejorar el presente y el futuro de la sociedad receptora, partiendo de los criterios del desarrollo sostenible como referencia imprescindible si se quiere satisfacer a turistas, empresarios, trabajadores y población local en una perspectiva de cierta continuidad histórica. A falta de una estrategia valenciana de ordenación del territorio y teniendo en cuenta que la cultura empresarial es adecuada sólo para satisfacer demandas poco exigentes, difícilmente puede haber a corto plazo una planificación estratégica para la calidad y la sostenibilidad de la CV como destino turístico.

Concluyendo, ciertamente ha crecido el capital inmobiliario de la CV, pero a costa del capital productivo, único capaz de generar valor añadido y, por supuesto, aumentar la productividad del factor trabajo, así como el garantizar que la economía valenciana conecte con un futuro seguro en el contexto de la economía europea.

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