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Publicat el 3 - 9 - 2006 a Levante - EMV
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El síndrome de la rana hervida

Alain Gras

Catedràtico de Sociologia de l'Université Paris 1 (Sorbonne). Director del CETCOPRA (Centre d'Étude des Techniques, des Connaissances et de Pratiques)

"Hay que reconocer que la incorporación de algo más de un cierto quantum de energía por unidad de un producto industrial inevitablemente tiene efectos destructores, tanto en el ambiente sociopolítico como en el ambiente biofísico... más allá de cierto nivel de uso per capita de energía física, el ambiente de una sociedad deja de funcionar como nicho de su población..." (Iván Illich, Energía y equidad, Barcelona, Barral, 1974)

En su película militante The Uncovenient Truth ("La verdad inconveniente"), Al Gore, candidato frustrado a la presidencia de los Estados Unidos, expone las razones por las que la toma de conciencia sobre el calentamiento climático no se produce fácilmente. Formula tres hipótesis al respecto. Dos de ellas tienen que ver con la forma en que los grupos de presión que promueven el crecimiento sin límites manipulan la información. No se trata sólo de que deformen los hechos, sino de algo que aún es peor: los presentan adaptándolos a un conocimiento de sentido común a corto plazo. Por ejemplo, si hace frío en primavera o si hay nieve abundante para los esquiadores (como ha pasado este año en Europa), para ellos eso indica que el calentamiento no está demostrado. O traen a colación –otro supuesto argumento- que la capa de hielo se ha vuelto más gruesa en el centro del polo. En todos los casos se trata de hechos que no demuestran nada, porque las incidencias en el clima no son lineales y, por ejemplo, la fusión de los bancos de hielo en los bordes explica, según los glaciólogos, su reforzamiento en el centro. Pero estas argucias de los adoradores de la termoindustria son de sobra conocidas y, a mi parecer, llegan a la gente sólo de forma marginal.

La tercera hipótesis, por el contrario, creo que constituye una auténtica variable oculta de la esquizofrenia del mundo contemporáneo. Literalmente sería el síndrome de la rana hervida: boiled frog syndrome. La frase no existe en castellano como expresión popular, pero el sentido que quiere darle Al Gore es muy claro: una rana introducida en un baño caliente salta inmediatamente y se salva; en cambio, si el agua está fría no saltará, y si la temperatura aumenta lentamente se dejará cocer hasta la muerte.

Me parece que podría establecerse un paralelismo con la historia de las mentalidades desde hace algo menos de dos siglos. En efecto, la potencia de la sociedad tecnocientífica se ha hecho visible a través de actos de destrucción terribles, acontecidos muy rápidamente y sin que nadie comprenda bien tales fenómenos. Primero, en el siglo XIX, la oleada de la colonización y la explotación de los recursos del Tercer Mundo; después, las guerras mundiales. En contrapartida, el confort ha entrado en la vida de los occidentales como una realidad cotidiana, indiscutible e irreversible. Una realidad, sin embargo, que sólo recientemente ha adquirido las formas que hoy conocemos: con la primera guerra mundial nacieron la electricidad para todos, la radio, el automóvil y los camiones, los fertilizantes químicos, el avión de transporte civil. Fue entonces cuando las fábricas se atiborraron de carbón y cuando las máquinas basadas en energías renovables –cuyo uso en 1914 era todavía importante (35% de la potencia instalada)- fueron rápidamente arrinconadas. De forma similar, la segunda guerra mundial sacará definitivamente a la luz la informática, la energía nuclear, los pesticidas o la aeronáutica mundial (la OACI –Organización de la Aviación Civil Internacional- se fundó en 1944, antes que la ONU). El abandono de los ferrocarriles de proximidad se aceleró en el campo, siguiendo a la liquidación del tranvía en los años treinta, y así el petróleo se convirtió a partir de los años cincuenta en la energía favorita de la industria.

Todo esto ocurrió en un lapso de tiempo muy corto. La llegada de la energía termoindustrial es una historia de Papá Noel para el mundo rico. No ha habido tiempo para comprender lo que estaba pasando, para preguntarse dónde y cómo se fabricaban todos esos artilugios. Cada día que pasa nos acerca al momento en que el transporte representará el 50% del consumo energético, basándose totalmente en combustibles fósiles, y todavía hay ilusos que siguen creyendo en la energía eléctrica o en el hidrógeno (cuando es bien sabido que en términos de balance energético son aún más contaminantes que las fuentes de origen, pues se trata de energías secundarias). De la misma manera, se siguen difundiendo a los cuatro vientos los ensueños sobre las arenas bituminosas o sobre la conversión de Fischer-Tropf para fabricar petróleo a partir de carbón gasificado, pese al catastrófico balance energético que representan. O ahí tenemos a España, un país con una tradición urbana atenta a las variaciones del clima y a los picos de calor del verano, que se ha convertido bien recientemente al todo-aire-acondicionado, hasta el punto de que se multiplican en verano los récords de consumo de electricidad ¡superando incluso los niveles del invierno! Sería fácil multiplicar los ejemplos. Y, ciertamente, la desinformación de la que habla Al Gore es lo que nos mantiene tranquilos mientras vamos cociéndonos al baño maría. Esto hace que el combate de ideas sea todavía más esencial.

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