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Publicat el 26 - 5 - 2013 a Levante - EMV
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La izquierda, por cierto

José Albelda

Professor Universitat Politècnica de València

Al igual que dicen que los incendios se apagan en invierno, cuando no hay riesgo de fuego y sí tiempo para cuidar el monte, las elecciones se ganan sobre todo cuando no es periodo electoral, ocupándose de poner en práctica las ideas que rellenan los programas, de lectura tan escasamente difundida. Viene esto a cuento porque cuando se trata de hacer política desde la izquierda en una dilatada época de crisis como la que padecemos, los partidos no pueden quedarse sólo en declaraciones mediáticas y presencia institucional, han de estar a pie de calle, y no sólo desde el apoyo simbólico a las iniciativas ciudadanas, sino ofreciendo su capacidad organizativa para la solidaridad inmediata y el hacer compartido. Pues en tiempos de desesperación la gente busca lo tangible, no las promesas verbales proyectadas hacia un incierto futuro.

Veamos un ejemplo concreto: cuando alguien pasa necesidad, sabe que puede ir a Cáritas y al menos será correctamente tratado y asesorado. De hecho, en el barómetro de confianza institucional del mes de abril, Cáritas era valorada positivamente por más del 65% de los encuestados, mientras que la iglesia católica institucional –de la que emana- era rechazada mayoritariamente. Esta aparente contradicción se explica con facilidad viendo lo que cada uno ofrece: palabras doctrinales y salvación tras la muerte la institución, acogida y pan tangible las asociaciones de beneficencia. Pero si uno tiene hambre y no está por pedir ayuda a la iglesia católica, ¿hay algún lugar donde la solidaridad y el justo reparto de los bienes que caracterizan al pensamiento de izquierdas, se exprese en escucha, acompañamiento y un plato de comida? Creo que no, y esto no es un problema menor. Por el contrario, los partidos de extrema derecha siempre han aprovechado las grandes crisis sociales para hacer demagogia ofreciendo asistencialismo a cambio de militancia y votos. La izquierda, por motivos bien distintos, debería volver a crear una red de solidaridad que reflejase la ética de lo común a través de iniciativas que vayan más acá de las promesas. Sería como cuidar del monte en invierno, en un invierno especialmente largo e inhóspito.

Pero las más de las veces seguimos viendo a los políticos que se autoproclaman de izquierdas, como a remolque de las iniciativas espontáneas de una ciudadanía que necesita defender lo imprescindible, reivindicar con eficacia lo urgente. Así ha sido con el 15M, cuyo segundo aniversario acabamos de celebrar, que ha alentado diversas plataformas a favor de la vivienda, de la sanidad y de los derechos básicos de las personas, que siguen cayendo a una velocidad asombrosa. Y no es que los políticos no estén, sino que están como acompañamiento, como eco; y como todo eco, resulta escasamente creativo y suena atenuada la intensidad de su voz. Sin embargo lo que en realidad necesitamos son políticos con voz propia y liderazgo, un liderazgo que debe surgir precisamente del estar y el hacer junto a la gente indignada, junto a los engañados, con los desposeídos. Entiéndanse estas palabras como una crítica constructiva que quiere recordar la importancia del momento y la necesidad de superar antiguas inercias y enfrentamientos, consecuencia de la rica diversidad que siempre ha caracterizado a la izquierda, pero que a su vez ha abierto profundas brechas entre grupos realmente muy cercanos en su ideología y objetivos.

Reivindicamos, pues, una izquierda social que sí nos represente, que sepa acrisolar la lucha por la ética de lo común dentro de los límites de una biosfera finita, y que ejemplifique en su proceder la justicia que proclama. Pero esta empresa no es nada fácil, pues no se basa en agradables promesas de abundancia, sino en el cuidado de lo frágil, en la austeridad y el reparto, todo ello como principio de la vida buena generalizable. Principios claramente opuestos al deseo de riqueza económica y competitividad individualista en el que hemos sido educados por este sistema en quiebra. ¿Sabrán nuestros oídos, los de este pueblo que se queja queriendo volver a una falsa abundancia, escuchar con agrado los principios del comedimiento y la cooperación? De momento seguimos envueltos en sueños prometeicos, muy alejados del acogedor jardín de Epicuro. Es tiempo de despertar.

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